Hace tiempo que quería detenerme en una idea que escucho con bastante frecuencia: ¿las Personas Altamente Sensibles sentimos una conexión especial con los animales y la naturaleza?
He conocido a muchas PAS que conviven con perros, gatos, pájaros… y hablan de esa relación como algo muy importante en sus vidas, pero también conozco a personas sensibles que prefieren admirarlos “de lejos”, que no quieren convivir con animales o a las que, sencillamente, no les interesan demasiado.
Empiezo por ahí porque a veces parece que todas las PAS “tenemos” que ser iguales, pero la alta sensibilidad no nos convierte en un grupo homogéneo. Compartimos determinados rasgos relacionados con la Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS, el nombre científico), pero seguimos teniendo nuestra propia personalidad, historia, experiencias, preferencias y circunstancias. Bendita diversidad que nos enriquece, no hay única forma de ser PAS.
Sin embargo, escucho con frecuencia en mis acompañamientos (y también reconozco en mí), una atención especial hacia la naturaleza, los animales y, en general, hacia otros seres vivos. Quizás sea ese perro que ves en tus paseos, o una planta que lleva días un poco apagada, o ese cambio de luz entre las hojas de los árboles que para otros pasa desapercibida.
A veces sentimos que nuestro entorno también “nos habla” aunque verbalmente no exprese nada, y la ciencia también explora esa relación.
Sensibles al entorno también tiene un lado amable
Cuando hablamos de alta sensibilidad solemos hacerlo desde aquello que puede saturarnos (ruido, luces, prisas, conflictos, exceso de estímulos), pero ser sensible al entorno no consiste únicamente en que determinadas cosas “nos molesten más”, sino que tiene que ver con cómo percibimos, procesamos y respondemos a nuestro alrededor.
La investigación sobre sensibilidad ambiental plantea precisamente que algunas personas pueden ser más receptivas a las características de su entorno, tanto cuando estas son negativas como cuando son positivas. Es decir, si un ambiente hostil, caótico o sobreestimulante puede influirnos, también podemos preguntarnos qué ocurre cuando estamos en un entorno agradable, tranquilo o enriquecedor.
Es algo sobre lo que escribía en mi newsletter: conocer nuestra sensibilidad no debería servir únicamente para saber qué evitar, sino también para descubrir qué nos nutre.
Es algo sobre lo que he reflexionado bastante también desde mi propia experiencia. Ahora, al mirar atrás, me doy cuenta de que muchos de los lugares en los que más fácilmente bajaba el ritmo tenían en común que había naturaleza cerca.
Me ocurre al recordar las montañas a las afueras de Madrid, el interior tan bello de Galicia o los paisajes más salvajes que conocí durante los años que viví en Suecia y Canadá. Cada lugar era diferente, pero había algo en esos entornos que me invitaba a observar, caminar, respirar y salir durante un rato del ruido mental o exterior.
En aquellos años no sabía nada de alta sensibilidad ni de regulación emocional, simplemente notaba que allí estaba mejor, quizás a ti también te pasaba.
También lo he sentido con algunos animales. Con los perros, por ejemplo, siempre me ha llamado la atención esa forma de comunicarnos que no necesita palabras, sino una mirada o un gesto.
Quizás por deformación profesional mi mirada de arquitecta aparecía ahí también, ya que además de jugar con ellos o cuidarlos, terminaba observando cuál era su rincón favorito y cómo era esa “pequeña casa” donde dormían.
Qué dice la investigación
En 2022, un equipo de investigadores estudió la relación entre Sensibilidad de Procesamiento Sensorial, conexión con la naturaleza y afinidad hacia los animales.
En dos estudios diferentes encontraron que, cuanto mayor era la puntuación en Alta Sensibilidad, mayor era también la sensación de conexión con la naturaleza.
Eso no significa simplemente que te guste ir de excursión, puede tener que ver con sentir que formas parte de ella, prestar atención a otros seres vivos, apreciar determinados paisajes o experimentar una sensación de pertenencia y vínculo con el mundo natural.
Quizás por eso muchas PAS describen los espacios naturales no solo como lugares bonitos, sino como sitios en los que algo dentro se calma y baja el ruido.
Aunque también hay “ruidos” en esa naturaleza (y no digamos si tienes alergias), sabemos, en términos generales, que el contacto con la naturaleza puede contribuir a reducir el estrés y favorecer determinados procesos de regulación emocional (esto ocurre en la población general).
Quizás la pregunta para una persona sensible no es tanto “si te tiene que gustar”, sino:
¿Qué entornos me ayudan a recuperar mi ritmo natural para sentirme mejor?
Para ti puede ser un bosque, para otra persona, mirar el mar, un parque camino del trabajo, cuidar de tus plantas en casa, observar desde tu ventana…
La conexión con los animales
Aquí la respuesta científica es aún menos rotunda. En uno de los estudios de 2022, una mayor sensibilidad no se relacionó con un mayor apego a las mascotas, sin embargo, en el segundo estudio sí apareció una relación entre mayor sensibilidad y afinidad hacia los animales, especialmente vinculada con su cuidado, protección y bienestar.
Es decir, sentir esa sensibilidad hacia los animales no significa necesariamente querer convivir con uno. Hay personas que hablan de esa gran conexión y a la vez, de lo difícil que les resulta presenciar su sufrimiento. Otras los adoran pero prefieren no tener ninguno por determinados olores, ruidos, necesidades o responsabilidades que les sobrepasan. O puedes experimentar una relación especialmente sencilla con un animal precisamente porque no hace falta explicar demasiado.
Muchas personas que prestamos mucha atención a las sutilezas disfrutamos especialmente de esa forma de relacionarnos.
Nuestra sensibilidad hacia algo que consideramos bello o importante puede hacer que disfrutemos especialmente de ello, pero también puede hacer que nos afecte más verlo amenazado (aparece aquí el término “ecoansiedad”). Quizás puedas reconocerte ahí, en maravillarte ante un paisaje y, al mismo tiempo, sentir una tristeza profunda ante un incendio o el maltrato animal.
Regularte como algo cotidiano
A veces pensamos en regularnos como algo que hacemos sentados respirando profundamente durante diez minutos. Eso por supuesto ayuda, pero nos regulamos de muchísimas maneras: caminando, fotografiando, regando una planta, acariciando a un perro, con la música, pintando, prestando atención a algo que no somos nosotros…
Los entornos naturales pueden ofrecernos algo especialmente valioso cuando llevamos horas procesando información: otro ritmo.
La naturaleza tiene sus propios tiempos y a veces se nos olvida que somos parte de ella, por eso nos sienta tan bien tenerla presente en nuestro día a día y no solo esporádicamente.
Volviendo al principio... ¿existe una conexión especial entre las personas altamente sensibles, los animales y la naturaleza? Pues parece haber indicios de que una mayor sensibilidad está relacionada con una mayor conexión con el mundo natural, aunque no significa que todas las PAS sintamos lo mismo.
Personalmente me gusta que sea así, que haya esa diversidad que abra nuevas preguntas más allá de las famosas etiquetas cerradas. Cada uno tiene dentro su propia historia, gustos y aficiones, y me interesa mucho que utilicemos este conocimiento para observarnos y cuidarnos mejor:
- ¿Qué relación tienes tú con la naturaleza y los animales?
- ¿Hay algún entorno al que vuelves porque notas que allí recargas energías?
- ¿Existe algún animal con el que hayas sentido una conexión especial?
Una propuesta otoñal
Mientras escribo este artículo, acaba de empezar el otoño en España y puede ser un buen momento para recuperar conscientemente el contacto con el exterior.
Te invito a observar de forma sencilla tu entorno. No hace falta organizar una excursión, puedes aprovechar un paseo y fijarte en cómo cambia el paisaje, la actitud de la gente, la luz… Puedes hacer fotografías, recoger hojas, sentarte unos minutos al sol, escribir, cuidar de alguna planta.
El otoño me atrae porque permite hacer visible el cambio en este mundo acelerado. Quizás por mi experiencia como arquitecta y aficionada a la fotografía, me resulta especialmente fácil fijarme en esas transformaciones de luz, textura y color.
Más allá de “salgo a la naturaleza porque me hará bien”, sal y observa qué te ocurre a ti también:
- ¿Qué ocurre en tu cuerpo?
- ¿Tu respiración cambia? ¿Baja tu velocidad mental?
- ¿Te despierta curiosidad?
- ¿Te aporta energía o necesitas alejarte?
La idea es conocerte mejor e identificar qué entornos parecen ayudarte a sentirte bien para poder darles un poco más de espacio en tu vida. Aprender a vivir a favor de nuestra sensibilidad no consiste únicamente en protegernos del ruido sino también en aprender a reconocer aquello que nos hace bien.
Para reflexionar en tus paseos
Aprender a vivir a favor de nuestra sensibilidad no consiste únicamente en protegernos del ruido, sino también en aprender a reconocer los entornos y seres que nos devuelven a nuestro propio ritmo.
Para seguir aprendiendo
Si quieres conocer mejor la Alta Sensibilidad y aprender a vivirla con mayor equilibrio, puedes encontrar más artículos y recursos en el blog o asomarte a mi newsletter Desde mi ventana, donde cada mes comparto reflexiones, herramientas y descubrimientos sobre Alta Sensibilidad, inteligencia emocional y creatividad.
Y si sientes que necesitas comprender mejor cómo influyen tus entornos, relaciones y hábitos en tu sensibilidad, también podemos trabajarlo de manera individual y adaptada a tu propia historia en mis acompañamientos.
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